miércoles, 13 de enero de 2010

Viven en la Luna



Todas las lunas llenas comienza de nuevo en mi alma el recuerdo de la mujer perfecta. La historia comenzó el 21 de diciembre del 2007, pero se agiganta cuando levanto la vista hacia el cielo y la luna. Hoy tiene la marca su presencia estelar de mujer convertida en luna, o de luna convertida en mujer.

Esa mujer es la dueña de esa luna, esa misma luna al que viste y al que calzas. Esto que les cuento, fue haber conocido la gloria no hace mucho tiempo. La gloria, es esa mujer, que jamás la tuve, y puede ser, que jamás la tenga en el amanecer. Pero hoy, como todos los meses, es un sueño real que a veces resulta ser irreal, por la imposibilidad de tenerla. No es mezquindad, a pesar que ella no baje de allá arriba, más allá de lo celestial, la espero acá abajo como ser terrenal. Una Diosa jamás estará con un ser mortal, resulta ilusorio esperarla, pero más no contemplarla, allá en la remota distancia que nos separa. Soñar no cuesta nada.

Conocí una mujer, fina pero rustica, dócil e indomable, compañera pero libre, con la risa y el llanto, con la fe y sus desazones, con la esperanza y sus frustraciones. Conocí una mujer, que es todas las mujeres, y es todos los hombres en un cuerpo multiforme. Es todas las estrellas, todas las galaxias, todas las lunas en varios cielos y en varios aciertos. Es un mundo y un país, una ciudad y un pueblo, es un punto y un coma, es la pradera y el desierto, es el misterio descubierto. Ella es todo en una y una en todo. Ella simplemente es, eso mismo, es algo difícil de describir y difícil de encontrar en el vasto mundo de los sueños incompletos.

No pude tenerla, pero la tuve, no estuve con ella, pero estuve, no pude tocarla, pero la acaricié, no pude sentirla, pero aun la siento. Toda esta historia, quizás poco creíble pero real, me sucedió no en la tempestad, sino en la tranquilidad y en la armonía de su piel clara. Clara, otra luna que se fue a la galaxia, haber cual será su luna, haber cual será su lugar, en el espacio sideral hay tanto campo para las estrellas que me hacen madrugar.


Aquella mujer, maneja esa luna, si miran hacia el cielo, la verán, con esa tenue sonrisa pícara y tímida, dulce y amarga, tierna y peligrosa, y esa sensual mirada; una mezcla que me encanta y que me hace enamorar. Enamorar, que palabra más extraña que significa mucho pero a la vez muy poco. Quise de alguna manera que participen, pues esa mujer ya no está pero seguirá estando en cada luna llena de los años de vida que me queden.

Si alguien la ve, díganle que soy su planeta tierra al que alumbra y al que mira cada noche cuando se acerca allá a lo lejos en el firmamento del universo, que no está tan lejos porque la veo, pero sobre todo, la siento aquí en mi pecho, y me da un guiño de vez en cuando, parpadeando sus hermosos ojos, la observo acá en mi techo.