viernes, 17 de septiembre de 2010

Confesiones del más allá

Nos estábamos besando. La pasión fluía por nuestras venas en torrentes cuantiosos, en arroyos de cariño expresados en un par de labios y en un abrazo. Mis manos se paseaban por su dorso, mi tacto descubría la desnudez de su piel suave y delicada de su esbelta figura. Quería hacerle el amor, ya era tiempo de hacerlo, era un mes de relación y ambos queríamos ir al siguiente paso. Su cuerpo estaba a mi disposición, ambos estábamos con deseos de concretarlo. Me deshice de lo que no servía, la ropa estorba cuando dos cuerpos se desean. Ella se dejó llevar como agua en el mar, aunque un poco ruborizada porque estaba en la virginidad. Un tanto nerviosa la noté, pero así y todo hicimos lo que todas las parejas hacen cuando se quieren y cuando desean ir a la intimidad. Nuestros cuerpos se rozaron, se comunicaron, se conocieron. Entraron en confianza y en un diálogo ameno de comprensión. Nos unimos y entramos en lo más íntimo de nuestro yo, en la máxima escala de lo que significábamos los dos. Fue lo más lindo que he experimentado, ya que hicimos el amor en toda su expresión, puesto que no fue sexo, fue amor. Terminamos de hacerlo, y mi amor por ella se acrecentó, puesto que el amor sigue creciendo, no tiene un fin ni un límite, no tiene un techo, por lo menos no uno visible.

A la mañana siguiente, ella me llama:


Ella: Es mejor que terminemos

Yo (sorprendido): ¿Por qué?

Ella: Por qué un mes es el tiempo suficiente para que signifique algo sin que se complique.

Yo: ¿Por qué dices así? ¿Acaso yo te complico?

Ella: No

Yo: ¿Y entonces?

Ella: ¿Quieres que te lo diga o quieres vivir feliz?

Yo: Dímelo

Ella: Supe al momento de hacerlo, que no teníamos futuro, y es mejor terminarlo antes que se complique todo.

Me dijo aquello con tanta franqueza y tanta dureza que me sentí un esperpento, un don nadie que no puede satisfacer a la mujer que ama, y peor aún, ella era virgen y no la complací, no la hice feliz. ¿Cómo un infeliz puede hacer feliz a la mujer que quiere?

No sabía que decirle, me quedé callado, sentí tanta vergüenza que hubiera preferido no haber intimidado.

Ella: Tengo otra cosa más que decirte_. Me dijo, ya no quería escuchar nada, no quería atormentarme más, pero ella lanzó su veneno_. No soy virgen. La furia se acrecentó, el amor que sentía se volvía en odio, poco a poco renacía en mí la violencia. Mi instinto de venganza estaba en su punto máximo.

Ella: Te dije que era virgen para ver cómo me tratabas, y ya veo que no me respetaste teniendo en cuenta que sólo era un mes de nuestra relación. No fuiste lo suficientemente caballero.

Yo: ¿Acaso yo te obligué?, sucedió sin haberlo planeado, de la nada.

Le corté, no quería saber más. Planeé mi venganza, ella vivía con su abuela en su casa. La vieja era una bandida, que, en su juventud era una zorra. Por lo tanto, fui a su casa disfrazado de policía, la vieja me contestó

¿Qué pasó oficial?

Nada señora, vengo por su nieta

¿Por?

Porque es una prostituta

No, mi nieta no es puta, ni siquiera ha tenido relaciones

Así dice ella, pero la verdad señora que es una puta.


To be COntinued. Me duele la cabeza :S

lunes, 13 de septiembre de 2010

Velocidad mortal.

El jumbo corría a velocidad demoníaca. Los policías nos perseguían amenazantes y con ganas de joder la vida. Yo estaba atrás del jumbo, en la ventana veía a los patrulleros sonando sus silbatos en su intento de detenernos. “Coimeros de mierda” grito con todas mis fuerzas. Me escondo y bajo la cabeza. No quería que me descubrieran. Los tombos nos seguían. El conductor del jumbo no respetaba los semáforos y casi atropella a un grupo de tarados. La gente alarmada gritaba. Yo estaba en mi mundo disfrutando de la persecución que me ponía en un éxtasis y en una adrenalina jamás sentida. Fumo un troncho para disfrutar más de la carrera y tener más coraje para enfrentar varias peleas.

“Detén el jumbo huevón” gritó un viejo, que en su intento de detener al chofer, recibió un golpe en el cráneo de parte mía, el viejo cayó desmayado y ensangrentado. El cobrador me resguardaba. Combatimos con los pasajeros, primero con los hombres y le sacamos la mierda. Algunas señoras lloraban, otras desmayadas, una creo que estaba muerta puesto que no respiraba. El susto le habrá matado a la vieja_ me dijo el cobrador. Reímos a carcajadas como dos buenos amigos que se conocían de tiempos. Al parecer, la cara de momia de cobrador se metió una buena yerba, mientras el chofer ni se inmutaba, al parecer el pendejo también estaba fumadaso, así que me sentía en confianza, en familia, aunque el chofer no decía nada.

La policía se acercaba, los tombos maricas estaban con pistola y en una de esas dispararon al aire, según ellos para amedrentarnos. Que ilusos, ni cuando me apuntaron un fierro en la cabeza tuve miedo, menos aún cuando disparan al aire unos tombos maricas. El cobrador se acobardó, “gallina no vayas a hacerte pipi en la bombacha” le dije en son de burla. El idiota se lo tomó en serio y me quiso sacar la puta, pero no contaba con mi rapidez de manos y de puños, y en una de esas, se abalanza contra mí pero el muy cojudo se lanzó al vacío de la puerta cayendo pesadamente a la pista. Muerto el imbécil por huevón, pensaba mientras veía disminuir su cuerpo ensangrentado mientras el jumbo seguía su loca marcha.

El chofer, silenciado el ruido, habló: “Sólo nos falta unas cervezas para celebrar” me dice sin voltear la cabeza. No le veía el rostro, y siguiendo con la mirada al frente, me da una pistola_ haz que mueran esos hijos de puta_ me dice el tío. Obedeciéndole sin saber por qué, estaba dispuesto a disparar, pero se nos cruzó un carro patrullero y empezó a disparar a quemarropa. Agachado veo el tiroteo, el chofer es herido de muerte, no hice ni un disparo, y el jumbo a la deriva con el chofer agonizante, iba a colisionar en cualquier momento, hasta que un fuerte choque se escuchó por toda la avenida, haciendo volar a los cuervos que merodeaban e intuían el trágico desenlace de muertos para carcomer sus carnes. Me aferré a la vida, me aferré con todas mis fuerzas a las patas de un asiento, y esperé salir con vida, hasta que me sacaron en camilla, mal herido y ensangrentado pero respirando.

A la mañana siguiente, escucho mi nombre en el noticiero, “Peter Paredes es el único sobreviviente de la persecución que hizo la policía a un jumbo con un chofer demente y un cobrador suicida” Di un suspiro de satisfacción y seguí durmiendo.