lunes, 16 de mayo de 2011

Antes de tiempo.

El tiempo es tímido

Si bien pasa veloz

Es por temor

Temor que yo también tengo

A veces lo padezco

Otras veces lo disfruto

temor por la cual el terror

es por sentirse temido

Y el otro terror de sentirse

Muy querido.


El tiempo es timador

Destroza tus ilusiones

Y los convierte en tempestades

Estafa tus sueños

Los hace pesadillas

Y los convierte en melancolías

O en lapsos depresivos

Van atormentando la cabeza

Martillando la paciencia

por medio de la angustia

Y de la ansiedad delictiva



El tiempo es indeseable

Hace despreciable la condición humana

De vivir con poca libertad

Y con tan poco tiempo para las faenas diarias

Esclavizando por medio de las horas

A la gente mortal.


El tiempo hace de la vida limitada

A los que quieren vivir

No les da el tiempo suficiente

Para cumplir con lo que quieren

Y a los que no quieren vivir

Les da todo el tiempo para matarse

Sin que nadie ayude al indigente



El tiempo

Por cada minuto

Por cada segundo

Hace un festín de desgracias

Que se vuelven lastimosas

Hasta que la sangre se extinga

En la última lágrima emanada

Por la tristeza ahogada.



El tiempo es criminal

Te amenaza

Te extorsiona

Te presiona

Y si no haces todas sus órdenes

A su debido momento

Te mata

Cual dictador

Y cual asesino

Te ejecuta.

Y si no te aniquila

Te va devorando los años

Carcomiendo tus huesos

Destrozando tu pellejo

Hasta volverte viejo

Hasta volverte obsoleto

O en otros casos

Con cáncer o Alzheimer

Vas muriendo despacio

Sufriendo, queriendo que el tiempo

Detenga su marcha feroz por un rato

para aliviar tu temor

Y tu dolor que lo sientes tan hondo

Tan dentro de tu cuerpo

Con una Intensa dolencia

Escondida en el corazón

Pero expresada en el rostro

En la mirada que observa

Que las horas se acaban.

En el cuerpo que siente

El tiempo fúnebre

Que hace de sentirnos vivos

a sentirnos muertos

estando en pie

aunque enterrados muy al fondo

con los ojos abiertos

presenciando cómo se acaba la vida

y cómo te tapan la salida

al cementerio

encarcelado estaremos

por el tiempo.



El reloj sirve para medir la desolación

Y la duración de nuestro enojo

Mide desesperación y decepción

Murallas infranqueables en el alrededor

Desahuciado quedamos

Por cada tic tac del reloj.


Damos un examen

Y no tenemos tiempo para terminarlo

Que frustración

Así y todo hayamos estudiado

El tiempo no esperó.

Así que no me queda más que decirte:

vive, antes que el tiempo se agote.


lunes, 2 de mayo de 2011

Doctor Pomeroy

El Dr Pomeroy hizo pasar a la paciente. Una bella joven se presentaba. El consultorio reluciente, estaba adornados de los más pintorescos adornos llenos de colores. No parecía el consultorio de un doctor, si no de un clown. La bella joven algo nerviosa se sentó al frente del Dr Pomeroy, que con su habitual uniforme blanco le hizo unas preguntas a la que la bella joven respondió. Empezaba a llover y las preguntas seguían. Cesó la lluvia y seguía la entrevista. Parecía que las horas pasaban con suma calma. El Doctor parecía no inquietarse por nada, y la joven dama se notaba más tranquila y despejada. En su semblante ya no se notaba nervios ni miedos. Y de lo que estaba sentada en la silla se pasó a echarse en el Divan.

El Dr, al parecer, le dio la suficiente confianza y tranquilidad para que ella se echara en ese cómodo mueble que invita al sueño más extenso y a la calma más sosegada. En su cuaderno apuntaba todo lo que decía la hermosa joven, que con su vestido rojo, enrojecía el consultorio. El ventilador daba vueltas con más fuerzas, el techo sostenía el peso de ese gigantesco aparato que apaciguaba el calor más furibundo y violento. La joven dormía o estaba adormitada, los brazos cruzados parecía que daban la señal de proteger sus senos. .El Dr. dejó el lapicero y el cuaderno en la mesa y se dirigió al baño.

No tardó mucho tiempo para salir sin ropa, totalmente desnudo. El sonar de la puerta del baño hizo despertar a la mujer pero ella seguía echada con los ojos cerrados. Tal vez estaba pensativa, tal vez no pensaba en nada. No sé. Y lo que yo no dejo de pensar hasta ahora y lo que no sé realmente, es en lo que le habrá dicho el doctor en todo el transcurso de la entrevista, ¿qué diablo le dijo? pero la joven se levantó de pronto del diván, se quitó la blusa, el sostén, la falda y el calzón, no demoró ni 10 segundos para quitarse toda la ropa y quedar con el ombligo, los senos y el poto a la vista. Pero el Dr. no parecía excitado, seguía tan tranquilo como si viera a un chimpancé, pero no estaba viendo un feo chimpancés ni a un horrible mono poto rojo, estaba viendo a una hermosa mujer con su hermoso poto blanco frente a él. Y este, lo primero que hizo, al ver semejante monumento de mujer, es dirigirse hacia ella, tocarle la mano izquierda y llevarla de la mano cual niñita linda de primaria hacia la ventana al que abrió las persianas, y, con los senos al aire, saludar y darle un beso volado a su novio que estaba abajo, sentado, en el banquillo de la plaza. Sorprendido, el novio quedose quieto, al igual que los motocarros que antes transitaban de un lado a otro, y, que al ver a la mujer con el torso desnudo, frenaron para contemplarla. El tiempo también pareció frenar para admirar a la mujer desnuda, pero eso ya es caer en suposiciones y en inútiles figuras literarias.

Lo cierto es que la mujer con total desparpajo mostró el torso desnudo al público hambriento. No era necesario quitarse toda la ropa, la falda, el calzón, no había la necesidad. Pero el poder de persuasión fue tan fuerte de parte del buen Doctor Pomeroy para que la mujer no tenga vergüenza, que se quitó completita como ya acabamos de leer. A veces quisiera ser psicólogo o sexólogo para poder desnudar a una mujer y poder ganar dinero, y si eso implica ayudarla, pues mucho mejor. ¿Qué diablos hago estudiando Comunicación? Continuando con la historia y prometiendo no diversificarla en otros temas que no tienen nada que ver con el relato, el show seguía para el público masculino. Querían ver más, pero lamentablemente para ellos el edificio se los impidió: “Queremos ver más” gritaban. Aunque en vez de gritar, aullaban como lobos salvajes y necesitados de carne. La mujer, al escuchar el clamor del “público” varonil, se paró sobre la ventana, e hizo un show digno de Streptess. El novio, celoso, no entendía que tipo de terapia estaba realizando su novia, que en un arrebato de ira se dirigió presuroso al consultorio del polémico Dr Pomeroy para exigirle explicaciones, o, en el peor de los casos, si no cree en el diálogo, darle una paliza de madre y señor mío. No puedo adivinar cómo va a ser el accionar del novio, pero de que está muy amargo, lo está. Por consiguiente, el novio subió corriendo las escaleras, con la sangre que se le hervía en la cabeza. Tenía que llegar lo antes posible hasta el sétimo piso e impedir que su novia siga más tiempo desnuda con ese pervertido, hijo de puta y desgraciado doctor mal parido. ¡No había ascensores en ese maldito edificio! Y las energías se le agotaban al novio, que empezó a sentir mareos, se tambaleó en el séptimo piso y sintió caer todo su humano peso de 90 Kilos que se vino abajo. Tal pelota de playa rodó por las escaleras mientras gritaba de dolor. Ensangrentado, botaba sangre por la boca, por las orejas, como si hubiera recibido un maleficio.


Cayó pesadamente al sexto piso. Milagrosamente, aún vivía. Su cuerpo demolido y golpeado, daba la sensación de que iba a morir en segundos. Le brotaba sangre por los poros en vez de sudor. Y yo, sin ser médico, eso ya era por demás grave y podría decir mortal. Pero el obeso novio que más o menos le calculo con sus cuarenta, en el charco de sangre en la que se bañaba, y con mucha queja y dificultad, empezó a arrastrarse cual gusano que empieza a huir de su depredador, con la diferencia que este obeso gusano no huía, sino todo lo contrario, se dirigía al feudo que le ocasionó su caída, al victimario, el consultorio del Doctor Pomerey. Tenía que pasar esa escalera, cuanto odiaba esa escalera y esa distancia que parecía eterna y por demás lejana y distanciada. El pobre cuerpo ensangrentado seguía arrastrándose, subiendo lentamente, quejándose, rugiendo de dolor, pero creo más bien para darse arengas él mismo y diciéndose que le iba a sacar la pura vida a ese hijo de puta vestido de Doctor. Sacó fuerzas de donde no había, y en un intento sobre humano, logró llegar hasta ese séptimo piso donde habita el desgraciado, subió la vista para ubicar el consultorio. No había ni un sólo puerta. Toda la pared eran ventanas. No entendía lo que pasaba, todo el esfuerzo se fue a la mierda, al igual que cuerpo hecho mierda. Sintió la impotencia, sintió enloquecer, le ganaba la sensación de confusión. Atolondrado, asustado, aturdido, su semblante pasó a una serie de gritos desaforados. Y viendo que no había ni una puerta, quiso pararse, apoyándose en la pared, logro sujetarse, vio hacia la ventana y al mirar abajo vio a su novia muerta, desnuda y tirada en el piso, y al igual que ella, se quitó la ropa, y con la desnudez de su ensangrentado cuerpo, se subió a la ventana y se lanzó al pavimento.

domingo, 1 de mayo de 2011

El reflejo de la mayoría

Si gana Humala, la economía se va ir a pique y va a sufrir un cambio brusco para mal. Populismo cual Alan García de los ochenta o Velasco Alvarado de los setenta, que sólo nos llevará a un retraso ya conocido por creer en el caudillismo o en la revolución izquierdista. ¡Qué mal han hecho los peruanos en votar por Humala!, pero también que mal han hecho los partidos de derecha en no reforzar esta pobre democracia y por dejarse llevar cada uno por sus ambiciones políticas, en vez (cómo hizo Gana Perú con los partidos de izquierda), de juntar a partidos democráticos y de orientación pro libre mercado, hacia una misma coalición. Una buena iniciativa aunque fallida y mal planteado, fue lo realizado por Pedro Pablo Kuczynski con su injerto de Alianza por el gran Cambio, en la que juntó perro, gato, pericote y ratón en un mismo bloque. Lógicamente, esto causó una Alianza sin identidad propia, clara y precisa. A mi parecer, en la política y en la propia vida, se deben hacer alianzas pero con personas y partidos de un mismo perfil e ideología, que compartan un mismo pensamiento, una misma visión y una misma perspectiva de la realidad peruana. El mayor error de PPK, fue hacer una alianza sólo para ganar votos, pero no para hacer, como el nombre mismo de su alianza señala: por el gran cambio. Al menos, no transmitió con efectividad aquello. Tal vez le faltó tiempo, tal vez un poco de visión, al igual que a todos los partidos de derecha, que el Perú necesitaba de suma urgencia, concertar fuerzas, voluntad, ideas e inteligencia hacia una misma causa. Esa necesidad, lo supieron captar muy bien los de Gana Perú, al cual analizando su imagen que transmite, es unión, justicia, seguridad social y su lema de campaña: Honestidad para hacer la diferencia . Ganó, como si esto fuera una estrategia de mercadotecnia, ganó la Olla y los supuestos beneficios para los más pobres. Promesas, palabras, simples teorías en el papel que está representado en su plan de gobierno, engorroso y por demás dudosos para decir de paso. ¿Será que otra vez se cumplirá el dicho de que el infierno está lleno de buenas intenciones?

Para la mayoría de electorados que votaron por PPK, Toledo y Castañeda, tanto Humala como Keiko, aún no convencen del todo que no serán el cáncer y el sida. ¿Será cierto que Humala ya no es Chavista si no es Lulista? ¿Realmente, en el mejor de los casos, el Perú necesita de una social democracia? ¿Keiko no miente al decir que no liberará a su padre, sabiendo que en la toma de la presidencia puede tomarse la potestad de indultar por constitución y leyes que lo avalan, a un preso político?, Hay muchas preguntas y pocas certezas, y es que para un cambio de 90 grados, ya sea por ética (no a Keiko) o por creencias (No a Humala), siempre habrán más preguntas que certezas, y eso es el reflejo de la mayoría de los peruanos.

La vieja indecencia

La vieja indecencia

Por César Hildebrandt

El único mérito que puedo concederme en esta vida moteada de algunos éxitos y muchos fracasos, en esta carrera ingrata que me eligió, en este oficio artesanal de tratar de encontrar la verdad que a pocos importa y las mentiras que ya no escandalizan, el único mérito que me concedo, digo, es no haber cedido a la tentación del medio: resígnate, así es el Perú, tolera lo que todos, créeles a los idiotas de la derecha, a los que hacen negocios turbios y a la vez editorializan en relación con “los valores de la democracia” (cuando la verdad es que se zurran en ella y en lo que significa).

Naces en este país hermoso y complicado y la primera sugerencia que te asalta es la del estoicismo: quédate quieto, tranquilo hermano, así es esta vaina, esto no lo arregla ni el sillau. Y se te puede pasar la vida haciéndote el de la vista gorda, haciéndote el loco y asistiendo con cara de palo a las grandes mecidas.

–Nada puedes hacer, esas son las reglas– susurra el aire tóxico de Lima.

–Esto no lo ha cambiado nadie– remacha una sombra, la sombra de lo que pudiste ser.

Me van a perdonar pero yo jamás creí en eso. Jamás hice el muertito en el mar de los sargazos de las voluntades, quebradas o roídas. ¿Por qué? Porque siempre creí que en el país de las cabezas gachas había que mirar lo más lejos que se pudiera. Porque viendo a las hormigas a uno le dan ganas de volar. Porque hay belleza en la rebeldía y una flácida fealdad en el conformismo.

Porque, en fin, siendo un viejo creyente del agnosticismo siempre he pensado que Jesucristo fue un hombre revoltoso asesinado por el orden imperante. Y que sin la rebeldía de Cáceres habríamos detenido nuestra historia en el mísero Iglesias. Y que sin la rebeldía de De Gaulle los franceses habrían tenido que arrastrarse junto a Petain, ese gran derechista pro nazi.

Mi generación ha fracasado. Pudimos tener a un refundador del país y construimos a García. Pudimos tener a un inconforme consagrado por las multitudes, a alguien que estuviese más impulsado por el amor que por el odio, pero nos detuvimos en Robespierre y en sus encarnaciones criollas.

Pudimos tener un país y lo que permitimos fue un mall. Ahora la pelota está en el tejado de los jóvenes. De ellos dependerá que este país cambie de verdad.

Hace como mil años que vivimos hablando en voz baja, consintiendo.

Hablamos bajito cuando los incas podían desollarte. Y más bajito cuando los españoles te podían trocear. Y todavía con murmullos cuando fuimos libres de boca para afuera pero súbditos de los sucesivos caudillos que creían que el Estado era un bien raíz y una chacra para los amigotes. Así fuimos haciendo esta gran Aracataca. Macondo hicimos.

Pensar era –y es– una anomalía. Disentir, una provocación. Rebelarse, una extensión de la locura. En un país dominado por la injusticia hablar de la injusticia te podía costar El Frontón. Y luchar contra ella, la vida.

Frente a un Túpac Amaru hubo cien Piérolas creando sus propios califatos. Porque el miedo a la libertad no es solo el título de un libro de Fromm. Es la consigna que la derecha le ha impuesto al Perú. Está en su escudo desarmado y en sus genes vendedores mayoristas de su propio país.

Todos roban –te dicen–. Y eso es casi una invitación a robar. Porque si todos roban, ya nadie roba.


–Aquí no hay castigos ni recompensas, todo se olvida– te muelen repitiéndolo. Y eso es otra incitación a la impunidad.

Lo criollo es también esta salsa espesa de quietud egoísta. Las verdaderas tradiciones peruanas no son las de Ricardo Palma: son decir sí y estar en la foto.

¿Exigir cambios? Eso es –dicen los que cortan el jamón y los idiotas de sus services– de chavistas, rojos, perfeccionistas, amargados y renegones. En el Perú la ira de los pobres se combate con misas o balazos y hay un estoico agazapado en cada futuro, detrás de la maleza de los días. Y cuando estemos lo suficientemente ablandados, vendrá el tiro de gracia. Y cuando venga el tiro de gracia, cuando ya no pienses sino en ti mismo y bailes solo en la loseta ínfima que te asignaron, ese será el día final de tu hechura: serás uno de ellos. Hablarás como ellos, maldecirás como ellos, venderás como ellos. Y, sobre todo, harás lo que ellos: negar al otro y sólo reconocerte entre los tuyos.


Que los jóvenes aprendan la lección. Nada cambiará si no matamos la resignación.

Porque la democracia no consiste en votar de vez en cuando. Consiste en ejercer la libertad a cada rato.

Los esclavos no aman la libertad –esa es una mentira altruista–. Solo los libres pueden amar la libertad y defenderla.

La mansedumbre no es madurez sino derrota. El aguante es la amnistía crónica. La docilidad es lo que se les exigía a los negros carabalíes embarcados a la fuerza en el puerto de Macao. La libertad no mata. La paciencia es una mentira teologal que contradice a Cristo y que Cipriani aplica en cada hostia. Cristo fue impaciente. La vida es una ráfaga impaciente.

Los peruanos no nacimos un día en el que Dios estuvo enfermo, como decía Vallejo de sí mismo. Naceremos el día en que sepamos apreciar el vértigo creador de la palabra desacato. El desacato no es el caos. Caos es lo que vendrá cuando las presiones sociales, contenidas por el plomo y la mentira, revienten otra vez.

Y ahora sería un magnífico desacato, un descomunal acto de rebelión democrática o dejarse engatusar por quienes quieren, en el colmo de la indignidad, que premiemos a la hija de un ladrón y asesino –ladrona ella misma al gozar del dinero robado– con la presidencia de la República.

Y todo por cerrarle el camino a un señor que quiere cambiar algunas cosas. Solo algunas cosas. Un señor al que la experiencia ha moderado y que se ha comprometido a no hacer experimentos anacrónicos. Pero que sí quiere que las mineras paguen lo que deben, que los impuestos sean más directos, que los viejos estén menos desamparados, que haya menos hambre y que la pobreza rural se atenúe todo lo que se pueda sin desbaratar la economía. Y que quiere también que el gas peruano abastezca primero a los peruanos y que los grandes proyectos de exploración y explotación de la minería y del petróleo se concilien con los intereses nativos y las normas ambientales que no se están cumpliendo.

La derecha quiere volver a demostrarnos que siempre gana. Presentó cuatro candidatos –cuatro variaciones de la misma melodía: Castañeda, Toledo, PPK y K. Fujimori– y los cuatro perdieron. Ganó un hombre gris que propuso algunos cambios. Y lo peor: sale la primera encuesta pos primera vuelta y el hombre sin demasiados atributos ¡sigue ganando! Y sigue ganando porque Lima, este espanto, no es el Perú. Porque el gobierno de Las Casuarinas está en crisis. Porque el modelo García, una combinación de Caco con Friedman, drena sanguaza.

Entonces, la derecha propone liquidar, de una vez y para siempre, esta pesadilla que aturde al dólar, baja las acciones, hace chorrear el rímel. Para eso están su tele, su radio, sus periódicos. Y se deciden por lo previsible: la campaña del terror.

Solo el terror podrá salvarlos. Porque saben que su prontuariada candidata es impresentable aun para 75 por ciento de peruanos.

Lo único que cabe, entonces, es bombardear al incómodo reformista con todos los B-52 de la calumnia, el rumor, la mugre, la idiotez que los cándidos pueden propagar. El propósito es el homicidio político del hombre que propone algunos cambios. Y los muertos no pueden ganar elecciones.

Hablan de intromisión extranjera los que quisieran anexarse a los Estados Unidos o al Chile potente que sus tatarabuelos dejaron entrar con su cobardía y su desunión. Denuncian que la libertad de prensa peligra quienes despiden a periodistas que se niegan a sumarse al lodo de la campaña contra Humala. Y advierten que el empleo está amenazado quienes han creado la mayor cantidad imaginable de empleos basura y services explotadoras.

Y a todo esto le llaman “elecciones democráticas”. A ensuciar la inmundicia le llaman “debate”. Y no tienen problema alguno bancando a una candidata indecente. Ellos representan la vieja indecencia de las encomiendas, las ladronas leyes de consolidación, el festín del guano. La señora K. Fujimori les cae como anillo al dedo.

Reproducido del semanario Hildebrandt en sus trece que cada viernes está en circulación.