domingo, 26 de junio de 2011

Festín del sexo

Busco las sombras más impenetrables

y las más agradables de tu ser

reina en mi mente

tu forma de entregarte

mientras yo cedo

a tus pechos

con sus pezones rosados.


Mi instinto es bien sentido

Por tus muslos

Y por el cuerpo del deseo

Que apetece encamarlo

Durante todo ese lapso

De provocación


Los huéspedes

Quieren verlo todo

Disfrutarlo todo

Saborearlo todo

Tocar lo que no han tocado

Y tirar a la borda el sentimiento

Por el placer de una cama desierta

Solo para los dos.


Vagaré hasta las cuevas

Que en otro momento

Sirvieron de refugio y de consuelo

Ante el dolor del corazón.


Los alrededores son habitados

Por el trémulo de los gemidos

Que llenan el ambiente

En sonidos

De una explicita excitación.


Cediste ante mis manos

Deseosos del cuerpo esperado

Cedimos de buen grado

Y exploramos los recovecos secretos

De aquel laberinto humano

Convertido en el festín del vulgo sexo

bufet del goce y de los besos.

martes, 7 de junio de 2011

Bolsa negra

En la Bodega estaba la abuela Elvira, como todos los días abría la tienda para vender gaseosas y panes a los transeúntes. Enrique, que vive al frente de la casa de la señora Elvira, generalmente vestía un jeans, una gorra y unos lentes negros. “Es su moda”, decía. Carmen, la hija de la Señora Elvira, tiene 45 años y en su casa vende menú. La señora Elvira y la Señora Carmen viven en la misma casa pero comparten el negocio de Bodega-restaurant. Enrique es un muchacho universitario que habitualmente compra pan y gaseosa en la bodega por las mañanas y en las tardes compra menú. Unos de esos días que el calor apremiaba en la noche, y el agua de la casa se habían agotado, no había más alternativa que comprar una gaseosa en la bodega- restaurant del frente. Enrique se dirigió a comprar una gaseosa, pero algo en su interior como una energía en su alma, le palpitaba con tanta fuerza, que no podía caminar. Sintió desmayarse que descansó en el sofá. Mareado y agitado, sudaba a chorro. No sabía que le iba a ocurrir. La angustia de no saber qué iba a pasar le atormentaba. El reloj hacia su rutina diaria de marcar la hora, ya eran las 7:13 de la noche y Enrique aún no se recuperaba de la angustia y de la extraña postración que le acogía. La sed era cada vez más fuerte, que empezó a tomar su escasa saliva.

La señora Elvira, en su bodega leía el periódico. De pronto, una preocupación se apoderó de ella, al ver que un señor botaba a la calle una larga bolsa negra, que, en su interior había algo que se movía. En su mente se imaginaba un moribundo y pobre ser humano, que en su agonizante existencia, daba las últimas movidas de su quebrantado cuerpo. Angustiada, la señora no podía estar tranquila, se movía de un lado para otro tratando de superar la cobardía de no poder ayudar a un moribundo que podía tener vida, aún. Hasta que en un arranque de valentía, la Señora Elvira va decidida a enfrentar sus miedos de ver a un hombre que posiblemente estaba ensangrentado y pereciendo. Lentamente y con los nervios de punta, se acerca a la bolsa negra que aún seguía moviéndose, cómo pataleando en su último intento de salvar su vida. Una vez que está a su alcance, la Señora Elvira decide abrir la bolsa para ver al moribundo agonizando. Situación que no se pudo concretar, ya que Enrique llegó pálido y con una sed que jamás había sentido. Su angustia aún seguía ya que sentía que su cuerpo se secaba y que los latidos del corazón le iban a estallar en cualquier momento si no tomaba algo, aunque sea agua. _“Señora Elvira, una gaseosita por favor que la sed me está matando”_ dijo Enrique con desesperación, que, por las palabras inesperadas hizo asustar a la Señora Elvira. _”Hijo mío, casi me matas del susto, agarra de la refrigeradora”_ Enrique mientras se dirigía a calmar su inmensa sed, la Señora Elvira abría la bolsa negra, y al abrirla dio un grito de espanto que terminó haciéndole caer del susto. Todos los vecinos salieron a ver lo que pasaba, la señora yacía en el piso al lado de la bolsa. _”En la bolsa hay un muerto”_ la gente se aglomeró y Rafael, vecino del lugar, vio el interior de la bolsa negra _”No hay ningún cuerpo, todo es basura”_ dijo Rafael. _”No puede ser, yo vi un muerto, un joven ensangrentado”_ Dijo Doña Elvira espantada. _”No hay nada Señora, mire”_ Y así era, no había nada, la bolsa negra era de puro desperdicio.

Enrique quería calmar su sed, pero mientras más tomaba gaseosa más sed tenía. La cabeza le estallaba y su cuerpo se secaba cada vez más. _ ¡Maldición!, ¿¡qué diablos está pasando!? ¡¿porqué tengo más sed”?! _ No paraba de tomar, tomó agua, y seguía con sed. Tomó incontable cantidad de cerveza y seguía con sed .La señora Elvira ya recuperada, no podía creer que no había ningún cuerpo. ¿Su vista le habrá engañado?, ¿acaso su imaginación le jugó una mala pasada?, ¿podría tratarse de una enfermedad que afecta a las personas mayores como la demencia senil? Lo cierto es que la gente le empezó a mirar como diciendo que ya se volvió loca.

Mientras la gente estaba aglomerada afuera, un cuerpo que estaba por morir estaba adentro de la bodega. Era Enrique que moría de intoxicación, la cerveza que tomó en segundos mezclado con un limpiador de pisos hizo que Enrique esté camino al cementerio. Irreparable e irreversible, Enrique moría en su intento de calmar su sed. Cayéndose pesadamente al suelo y vomitando todo lo que había ingerido. La gente se percató de su agonía, nadie ya podía salvar su vida, la intoxicación, el alcohol y la sed le estaban matando. _”Pobre muchacho, está muriendo de borrachito”_ dijo la Señora Elvira, que prosiguió diciendo ”Ya ven, que si no hubo un muerto en la bolsa, ya lo habrá dentro de poco_” dijo eso y la gente le terminó de calificar aparte de loca, de bruja.

Pedro Estrada

La decadencia de su ser le hacían ver por la sociedad como alguien penoso que lo tenía todo y que ahora no tiene nada. Su padre es millonario, pero le desheredó de su fortuna por considerarle un mal hijo que se esfuma en el humo y en el vicio de las drogas. Le botó de su casa y él en la calle pasa desdicha e indiferencia. Tenía una hermosa mujer pero le dejó cuando se enteró de su procacidad por el engaño y la infidelidad, más aún cuando descubrió debajo de su cama que el cigarro que fumaba era marihuana y también cuando encontró en el armario cocaína. Ella se espantó y se decepcionó tanto que se deprimió por años. Ya que por fin pudo comprender el porqué de las tres veces que se embarazó de él, nunca pudo concebir un hijo sano. Dos veces dio a luz a bebés muertos, sin ojos ni sin boca, sin rostro, causando susto en la sala de partos. La última vez que se embarazó, fue hace 4 meses atrás, tuvo que abortar por una malformación congénita del bebé que tenía Hidrocefalia. El cráneo del niño no tenía cerebro, solo abundante agua que cuando le sacaron por medio del aborto, parecía un monstruo con una cabeza enorme llena de líquidos, e igual a sus anteriores bebés, tampoco tenía rostro. Fue chocante para ella las tres experiencias que la dejaron deprimida y desequilibrada. Decía que tenía tres hijos y que era una mamá muy responsable y cariñosa y que su padre estaba en la cárcel pagando su abandono. Cuando conversaba con ella, por unos minutos no paraba de hablarte de sus hijos, de lo juguetones que son y de lo difícil es ser madre soltera, de cómo le cuesta sacar adelante a sus hijos que son su orgullo, y espera que cuando crezcan, sean el orgullo del Perú. Dice que el mayor, que tiene 3 años y al que le puso de nombre Mateo, tiene que ser presidente para que le saque de la pobreza, el segundo es mujer y tiene dos años, su nombre es Osadia porque a pesar de sus complicaciones en el parto, tuvo la osadía de superar esa barrera que existe entre la vida y la muerte, y porque le parece un nombre original que nunca escuchó a ningún ser mortal. Y el tercero dice ser el más inteligente puesto que medio cabezón es, tiene un año y tiene para ser genio, dice Karina Reyna.

Pedro, el que lo tenía todo, vive en plaza 28 de Julio. Su hogar es una parte del pasto, duerme en cartón, y cuando hace frío, se abriga con abrigos que le donaron la gente caritativa del lugar. Una madrugada, en la que la mayoría de la gente ya estaba dormida, un carro de la policía hace su aparición en una batida a las prostitutas que pululan en esa plaza. Detuvieron a moradores que estaban como clientes y a las prostitutas, barrieron el lugar de “gente que atentan contra el orden público”, entre ellos a los indigentes. Pedro tampoco no fue la excepción, fue detenido y maltratado al igual que a todos los capturados. Le batieron a patadas y a palazos. Mal Herido, Pedro defendía su integridad física lo mejor que podía, cubría su cabeza para no sufrir lesiones serías. Pero su espalda y su pulmón fue la peor parte de la brutalidad de los policías. Estaban en ese salvajismo hasta que otra patrulla pasó por el lugar y vieron el incidente. El Coronel de la PNP, Roberto Baluarte, bajó de la patrulla y muy enojado se dirigió a los cadetes_ ¡Ustedes son unos delincuentes, vergüenza de la Policía Nacional ¡Lleven a todos los golpeados por ustedes, pedazos de animales, al hospital!_ Los cadetes, avergonzados, tuvieron que parar con su diversión y llevar a las prostitutas, a sus clientes y a los vagabundos al Hospital. Pedro estaba grave, el Coronel Roberto Baluarte es amigo de su padre, el millonario y magnate Santiago Estrada, dueño de la cadena de los hoteles más lujosos de Iquitos y de la Amazonía Peruana. Sintió pena por la situación de Pedro y decidió llamarle a Santiago Estrada, su progenitor. _Santiago, tu hijo está grave en el Hospital Iquitos_ dijo El Coronel Baluarte_ Ya lo venía venir, seguro por sobredosis_ Contestó Estrada. _No hermano, unos estúpidos cadetes le dieron una paliza sin razón alguna que la brutalidad_. Dijo Baluarte. _ Dios mío, qué puedo hacer, si siento vergüenza por mi hijo_. Contestó Estrada._ No me vas a decir que le vas a dejar abandonado, por lo menos en esta última etapa de su vida, creo yo que debes de venir_ Convencido Santiago Estrada, fue en cierta manera de mala gana a la presencia de su hijo, que estaba en una cama luchando por su vida. Santiago Estrada le vio y sintió algo que no sentía de tiempos: Compasión. Y después de mucho tiempo, lloró. Pedro pidió su último deseo, verle a su antigua mujer, Karina Reyna, la del manicomio. Por influencias y poder de Santiago Estrada, pudieron hacer el pedido. Sacaron a Karina Reyna del manicomio para reencontrarse con Pedro. Karina Reyna, al ver a Pedro, dijo_ Mal esposo y mal padre, dejaste abandonado a nuestros hijos, que en sí, nunca pudieron ser sanos gracias a ti. Mis ganas por haberlos tenido y la gran frustración y trauma de engendrar hijos monstruos me llevó a esta locura que me hace verlos, pero sé muy bien que no existen, que todo está en mi mente_. Los presentes no podían dejar de estar confundidos y sorprendidos por las declaraciones de Karina Reyna, que prosiguió: Tú nunca quisiste tener hijos, tú empezaste a cocearte desde que te dije que quería ser madre, sabías muy bien que coqueándote nunca me ibas a permitir tener la felicidad de ser mamá. ¿Y por qué no querías ser padre? Para que sigas con tus prostitutas de la plaza, sí, estás las que se encuentran ahora y están golpeadas, las que se hacen las víctimas, con estas me eras infiel y gracias a ellas consumes drogas ya que son vendedoras de esas porquerías. Pedro, malograste nuestros planes, te dejaste llevar por el vicio de la plaza, y ahora que estás por morir, te perdono porque aún te sigo amando.

Todos escucharon con atención y estupor lo que decía Karina Reyna delante de médicos, pacientes, Santiago Estrada, Roberto Baluarte, prostitutas, vagabundos de la plaza 28, cadetes de la PNP y, el más afectado de todos: Pedro. Estrada no pudo aguantar más la confesión de Karina Reyna y la acusó de loca, que solo hablaba incoherencias. El Coronel Baluarte miró con desprecio a sus cadetes, sabía que Karina Reyna no estaba loca, que aparentó serlo era muy distinto.

Pedro aún no estaba muerto, escuchaba todo lo que decían pero no pronunciaba ni una sola palabra. Hasta que en un esfuerzo sobrehumano, pudo levantarse y pararse, con dificultad pudo caminar hacia donde estaba Karina, y le dijo_ Aunque nadie me crea, yo sé que tú me creerás, he dejado de drogarme porque me di cuenta que te hice mucho daño y porque yo también te sigo amando. Antes de morir, podemos tener un hijo_ Le dijo de una manera tan arrepentida y llena de amor que ninguno de los presentes pudo evitarlo. Los dos se dirigieron a un hostal e hicieron el amor, superando el rencor de años para tener un sueño que les fue esquivo, por el error del vicio y el miedo de tener una responsabilidad mayor por parte de Pedro. Y ahora que su pulmón se iba a reventar en cualquier momento, una vez finalizado el acto amatorio, Pedro murió en brazos de Karina, dejando a un hijo huérfano pero a una madre feliz y triste a la vez.

Noche

Años atrás había conocido a una hermosa chica. Era mi menor. Yo tenía 18 años y ella 16. Recuerdo que para conquistarla la llevaba a pasear a la plaza de armas. Tomábamos helados, nos divertíamos, éramos felices. Como ahí nomás quedaba el boulevard nos fuimos en la tarde para admirar el anochecer. Y esa tarde eran de aquellas en la que sientes que el tiempo se detiene, y yo lo sentí y le dije: _ ¿Ves caer la noche?, SÍ, me respondió_ ¿Ves alguna estrella?_ Aún no, me dijo _ ¿Por qué crees que no hay todavía estrellas?_ Será porque aún no anochece_ me contestó_ inspirado en el caer del atardecer para dar paso a esa noche que me encanta, le dije: _El atardecer es como cuando tú te arreglas para verte más bella, y la noche es cuando ya estás reluciente como la noche y sus estrellas_ proseguí sin detenerme aprovechando la inspiración que me agogía: _las estrellas esperan a que caiga la noche como tú me esperas a mí para llegar ti_ Seguí diciéndole más metáforas, casi como media hora no me cansé en elogiarla, quería conquistarla y lo mejor que me se ocurrió es comparar la noche con su belleza puesto que quería sorprenderla. Los dos mirábamos el albor de la oscuridad del cielo, que para mí significa en pocas palabras el amor y sus efectos, puede ser tan hermoso contemplarlo y verlo, pero si te atrapa en tiempos de tristeza puede ayudarte a la depresión por la lúgubre negrura que mata el alma en soledad. Puede significar la eternidad en el vuelo, pero también puede ser doloroso en caso uno se caiga desde ese enorme precipicio nocturno, y lo peor de todo es que caes sin paracaídas ni amortiguador alguno para contrarrestar el dolor del desamor, puesto que uno en sí, no sufre de amor, sino del efecto negativo de este. Cuantas veces he tenido desamores y tan pocos amores, que el equilibrio entre las dos fuerzas es disparejo. Pareja es la que ella era en esa noche tan esclarecedora, tan brillante y tan buena para confesar lo que sentía. Sentirme con confianza es lo que alborotaba mi personalidad, tal vez de manera exagerada pequé de cursi pero no me arrepiento de haber pecado. Es que pecadores somos todos pero ella era tan inocente y pura que la creí salvada de todo mal, e incluso, de la maldad de los celos. Supuestamente la noche iba a crear ese ambiente romanticón, pero me dejé llevar exageradamente por sus encantos. De la manera más cruel fui una víctima de su engaños superficiales, sus malas intenciones la fui viviendo y la fui sufriendo. Una vez caída la noche se fue cayendo mi ilusión, se fue cayendo mis esperanzas de haberla poseído, el jardín de flores se hacía un mar de ciclones y la noche se hacía un infierno de desolaciones. No es que yo sea un demonio pero el amor es eso en palabras poco diplomáticas y románticas: posesión. Cuando uno está enamorado te invade impulsos apasionados, y eso es estar poseído del amor. Como también puedes estar poseído por los celos cuando ves que alguien se lleva ese cariño que es tuyo. Y eso fue lo que pasó. Ella sintió celos por la noche y las estrellas, que me dijo que yo estaba enamorado no de ella, sino de lo que miraba deslumbrado al alzar la vista en el oscuro vacío. Tanto elogié a la noche que al final hizo que ella sintiera celos por ese cambio de tiempo en la que se esconde el sol. Es que yo pequé y yo tengo la culpa de todo esto que me ocurrió. No la miré a ella, como debí haberlo hecho, miré las estrellas, me distraje en la voluptuosidad y admiré la luna cuando esta se hizo notar. Por poco las tomo fotos, por poco y me hago astronauta sólo para conocer el universo y sus constelaciones. Me olvidé del ser terrenal, del ser que es humano y del ser que tocó la fibra de mi piel. Pequé de mirón y ella me dejó. Bien merecido lo tengo en una noche que pudo ser romántica y no lo fue. Empezó prometedor pero al final todo se diluyó. Antes de irse me dijo “Jamás pude imaginar que la noche sea más linda que yo, quédate con tu noche y sus constelaciones, loco astronauta” se fue llorando, me partió el alma pero no hice nada para retenerla. Yo ya no era yo, mi cuerpo le pertenecía a la luna.

No la seguí y nunca más la volví a ver, y me quedé con la noche a jurarla amor eterno, sin sentirlo ni sin querer decir lo que decía, es que una fuerza sobrenatural me invadía y no era lo que yo sentía. La noche me había poseído con su maldad. Y ahora que lo pienso cuatro años después, me doy cuenta que yo le pertenezco y por eso no permitirá a ninguna mujer, no tengo que salir con ninguna en la noche, sino me atrapará para toda la vida.